La isla de Alicia: Un relato sobre la salud mental

La isla de Alicia: Un relato sobre la salud mental

En esta entrada de Blog compartimos el relato, que ha resultado ganador del 1º premio de la Asociación Guipuzcoana de Familiares y Personas con Enfermedad Mental (AGIFES). La autora de este relato es Mireya Gómez Encinas, compañera de profesión y gran amiga a la que admiro por el cariño, ilusión y entusiasmo que pone de manifiesto en todo lo que hace.

Hemos tenido la suerte de que este relato caiga en nuestras manos como un regalo y, tras haberlo leído y disfrutado no hemos podido evitar compartirlo en nuestro Blog para que podáis disfrutar también de todo lo que este relato esconde tras cada párrafo. En este relato, y a través de la historia de Alicia, Mireya Gómez nos acerca al complejo mundo de la salud mental. ¡Simplemente genial!

La Isla de Alicia

Alicia está atrapada en una isla. Es pequeña y asfixiante. Ahoga. Allá donde mira la abruma la inmensidad del mar que la rodea, turbio, infinito, insalvable. Las tormentas torpes e incansables que azotan la costa y las olas furiosas que se golpean unas a otras la agotan. No recuerda cómo llegó allí ni por qué. Sólo sabe que el aire es gris y húmedo, por fuera y por dentro.
Todo empezó con una gripe. Si fue el origen, un detonante o un síntoma es difícil asegurarlo. ¿Precede el daño físico necesariamente al emocional, o viceversa? Alicia empezó a sentirse fatigada (más de lo normal) y le dolía todo el cuerpo. Le punzaban partes que ni sabía que existían. Cuando despertó, hasta le dolían los ojos. No tenía fuerzas para abrirlos, como si no hubiera nada que mereciera la pena contemplar con ellos. Permaneció en la cama durante días. El médico le dijo que ya debería haberse recuperado, y que le mandaría una analítica para ver si todo iba bien. Alicia asintió, sabiendo con certeza que no aparecería nada. Lo que tenía dentro de ella no era medible de esa manera.
Ése fue el último día en tierra firme.
Incluso desde antes de llegar a la isla, Alicia vive en su propio país de las pesadillas. Solía invadirle una rabia siniestra que la llenaba de ganas de destrozar, romper, rasgar, escupir en todo aquello que se cruzase en su camino y se atreviese a molestarla con su luz. De un tiempo a esta parte, ese fuego destructor se ha ido consumiendo. El monótono subir y bajar de la marea transformó la rabia en hastío. Y eso es más peligroso de lo que parece. La furia moviliza, la tristeza anula. Absorbe toda intención de cambio, toda creencia de posibilidad de mejora. Quizá eso sea lo que haga que Alicia consuma sus días observando el horizonte azul oscuro, sin mirarlo, sin esperar nada, dejando el tiempo pasar, deseando que un día la nada la engulla bajo su manto aterciopelado.
El teléfono grita, martillea incesante. “Mierda, olvidé desconectar también el fijo”, se recrimina Alicia. Deja que suene, hasta que se convierte en un eco. Como todo lo de fuera. El trabajo, sus amigas, sus primos, sus rutinas. Todo es un eco, un espejismo de lo que se suponía que era una vida, sí, bien construida, pero de cimientos frágiles. Llena de máscaras y antifaces, de continuar por inercia más que por determinación, de sonreír por costumbre más que por espontaneidad. Hace días que no ve a nadie, y todo ha continuado su curso. El mundo ha seguido girando. Le es indiferente si su voz está en peligro de oxidarse. Lleva días sin hablar, y no siente que tenga algo que decir. “Las palabras están sobrevaloradas”, piensa.

 

De vez en cuando llega algún mensaje en una botella. “Alicia, vuelve. / Podemos ayudarte. / No estás sola. /Alicia, hay muchos motivos.” Ni siquiera los lee. ¿Cómo explicarlo? No quiere ayuda, porque no va a saber utilizarla. Porque no va a servir de nada. No quiere expectativas puestas en su persona que solo lleven a la frustración, no quiere esa responsabilidad de tener que estar bien por nadie, para nadie. No quiere estarlo, porque no puede. Así que ignora las botellas, que se van acumulando impacientes y preocupadas en la orilla, junto a muchos otros trastos a los que no presta atención.
El suicidio es un crimen del que todos se sienten culpables menos el que lo cometió. ¿Por qué no lo vi venir? ¿Qué podría haber hecho para evitarlo? ¿Me pidió ayuda y no supe verlo? Es un crimen invisible, impregnado de soledad, mudo. Nadie quiere recordarlo y nadie quiere hablar de él. Como si nunca hubiera sucedido, cuando en realidad es que nunca debió suceder. Alicia también creyó que si no hablaba de ello sería como si no la hubiera arañado. Pero sólo podemos superar algo cuando perdemos el miedo a mirarlo a la cara, cuando se evapora el temor a que duela.

 

En uno de los días en los que extrañamente le daba por pasear y explorar esa jaula que era su isla, Alicia encontró dos objetos en los recovecos de una gran roca. El primero era un pañuelo de color granate, con motivos repetitivos de color rosa pálido. Alicia sabía que no le pertenecía, pero le resultaba extrañamente familiar.
 
-No puede ser, aquí no hay nadie más. Estoy sola.
 
A menudo hablaba en voz alta, con la libertad del que sabe que nadie le va a escuchar. Parecía viejo, aún así era suave al tacto. Lo olió, y apenas unos segundos después de que entrara en contacto con sus fosas nasales, lo tiró al suelo como si quemara. Sabía perfectamente quién había llevado puesto ese pañuelo. Era demasiado doloroso como para decirlo en voz alta, incluso aunque nadie más pudiera oírlo. La certeza no tuvo piedad en golpearla, reconocería ese olor aun encontrándose en el sitio más inhóspito, a años de distancia de su propietaria: era de su madre.
La madre de Alicia se marchó cuando ella aún no había llegado a las once primaveras. Se llamaba Dolores, como si de un premonitorio sino se tratara. No se despidió, y si lo hizo, no fue con una intensidad lo suficientemente perceptible para ella. Sus últimos recuerdos estaban ligados a oscuridad, abandono y ausencia. Dolores se fue, y Alicia decidió castigarla con el destierro de su memoria, haciendo de su nombre una palabra prohibida; y de su imagen, un fantasma.

 

-Ella… Ella también estuvo aquí.
 
El segundo objeto es un espejo de mano. No recuerda cuánto tiempo lleva sin contemplarse. Lo levanta despacio y se atreve a mirar lo que éste le devuelve. Su sorpresa es aterradora cuando le parece ver, por unos segundos, un rostro que no le corresponde, unas facciones que lleva media vida tratando de sepultar en el olvido. Se parece tanto a su madre. No es sólo la forma arqueada de sus cejas o el color verde botella de su iris. Son las ojeras de cansancio, las arrugas prematuras y esa mueca que llevó consigo los últimos momentos. Esa expresión de profunda, estremecedora e insondable tristeza. La incredulidad deja paso a la rabia, que entra dando empujones y se instala en cada uno de los recovecos de la piel de su cara. Una rabia caliente, volcánica, explosiva y desgarradora.
 
-¡No! ¡No soy como ella!-grita, despertando un aullido que llevaba en letargo milenios. Corre hacia la orilla, y lanza los macabros objetos con todas sus fuerzas al mar, que está también bravo y salpica. La carrera y el sobresfuerzo hacen que algo se rompa. Es entonces cuando estalla el llanto, que se mezcla con la lluvia y son imposibles de distinguir. Alicia llora hasta que no le queda nada más por derramar.
Nadie quiere reconocer que ha coqueteado con la idea de quitarse la vida. Parece un insulto a todos aquellos que tienen motivos más poderosos que tú para hacerlo y siguen luchando. Da vergüenza que esas ideas se paseen por tu cabeza, así que las guardas para ti, como un secreto bien atesorado. Piensas de quién te despedirías, si es que lo haces, qué te gustaría hacer antes de partir, cómo lo harías. Pero luego recolectas todos los motivos para querer seguir respirando y la idea se diluye. Alicia ha pasado del coqueteo a un bombardeo continuo. Cada vez el plan es más elaborado, más secreto, y por tanto, más peligroso. Y los motivos cada vez son más escasos. Pero no lo quiere reconocer. No quiere ser como ella.

 

El llanto se ha ido frenando, y Alicia se siente aliviada. No por haber dejado de llorar, sino por haber podido hacerlo. Por haber podido sentir algo. “Ella también estuvo en esta isla. Se empapó con esta misma lluvia. ¿Me he convertido en aquello que siempre he odiado?”, se reprocha. “Pero yo no elegí estar aquí.”, y una duda germina, una diminuta idea que puede resquebrajar las murallas forjadas durante años: “quizá ella tampoco lo escogió.” Es entonces cuando logra comprenderla. Puede entender por qué Dolores hizo lo que hizo. Porque Alicia también ha pensado en hacerlo, lo ha pensado muchas veces y ha deseado tener las fuerzas para consumarlo.
 
-Pero no lo haré-dice, con voz menos decidida de lo que le gustaría.
La rabia te moviliza. Sólo cuando comprendes a la otra persona eres capaz de perdonarla. Y sólo cuando perdonas eres capaz de seguir adelante.

 

Hay algo en la orilla. No la había visto hasta ese momento, debió pensar que era basura, restos inservibles de antiguos naufragios. Es una barca, vieja, pero hay dos remos y parece capaz de soportar su peso. Con recelo, se sube a ella. Y empieza a remar.
¿Puede un simple trozo de cartón plastificado convertirse en tu salvavidas? Alicia lo sostiene fuerte entre sus manos y enciende apresurada el teléfono, no vaya a ser que a su recién estrenada osadía le dé por jugar al escondite.
-¿Hablo con la psicóloga Esperanza Robles? Necesito su ayuda.

 

Ahora hay otra persona en la barca con Alicia. Pero es ella la que sigue remando. Está cansada, pero su acompañante la guía cuando parece perder el rumbo, la apoya cuando siente las fuerzas flaquear, y enciende una linterna cuando todo se queda a oscuras. Tiene los brazos agotados, pero a cada esfuerzo la isla se va alejando, más y más. Hasta que lo que queda de ella no es más que un minúsculo punto en el horizonte.

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